Nueve años después
-Estoy embarazada– sonó una voz entre sollozos al otro lado del teléfono.
Solo el silencio fue la siguiente reacción ante aquella noticia. Hacía una semana que había conseguido mi primer trabajo y al escuchar esa voz entrecortada en plena capacitación solo me hizo desear que acabara rápido para salir corriendo a tratar de entender qué estaba pasando. Fue un viernes de junio del 2003, viernes 13.
Nueve meses después, y con varios tragos amargos que acompañaron el largo camino, todo quedó resumido en 15 minutos, los más intensos de mi vida. Ver los inmensos ojos que se quedaron hipnotizados ante un mundo nuevo y frío, enamorarme por primera vez en mi vida -y de verdad- de aquella pequeña criatura acostada boca abajo que de pronto hizo contacto con mis ojos, fue como haber visto a Dios; en ese momento recién me di cuenta que ya era papá.
Tenerla en mis brazos por primera vez, tan pequeña y frágil, solo me hacía prometerme a mí mismo que nunca dejaría que le pase nada; tomar su mano y sentir cómo presionaba mi meñique haciéndome tan suyo; son escenas que no se borrarán nunca, imágenes que me recuerdan que hace 9 años encontré la razón de mi existencia en este cochino planeta.
Cada día con ella era una experiencia nueva: cambiar pañales, calentar biberones, levantarme en la madrugada solo para que bote el chanchito luego de exprimir a su madre, quien con la espalda destrozada me despertaba con dulces y punzantes codazos acompañados de un: “te toca”.
Cada día con Maria Fe me hacía sentir tan niño como ella: jugar, tirarme al piso, saltar, bailar y hacer cualquier otra ridícula locura de padre enamorado para tenerla siempre feliz. Hoy, me doy cuenta que no hay nada que pueda llenarme más que verla así. Ver esa sonrisa iluminar mi vida, escuchar la carcajada sincera, traviesa, que me desarma y me vuelve un niño cómplice. Ahora, ya no solo es feliz con payasadas; ahora habla, exige, reclama, argumenta, cuestiona; y eso me obliga a tener que sacar trucos bajo la manga que no creía capaz de hacer: Inventar energías invisibles que pueden curar sus heridas y aliviar sus dolores; sacar monedas de su oreja (iguanas también) de la manera más simple y que hasta hoy la sorprenden; y mirar juntos el cielo nocturno cada vez que pasa una luz intermitente diciéndole que es Papá Noel paseando para ver si todos los niños se están portando bien para recibir sus regalos.
Nueve años después, y con otros tantos tragos amargos más, aquellos ojos inmensos que no decían nada, hoy dicen mucho. Aquellos ojos inmensos que le dan sentido a mi vida, siguen teniendo la misma pureza, la misma inocencia.
Nueve años después, no sólo celebro el cumpleaños de mi hija, sino también celebro un año más siendo padre, un año más aprendiendo más de ella que ella de mí, un año más junto a ella y no existe nada que me haga más feliz.
Solo el silencio fue la siguiente reacción ante aquella noticia. Hacía una semana que había conseguido mi primer trabajo y al escuchar esa voz entrecortada en plena capacitación solo me hizo desear que acabara rápido para salir corriendo a tratar de entender qué estaba pasando. Fue un viernes de junio del 2003, viernes 13.
Nueve meses después, y con varios tragos amargos que acompañaron el largo camino, todo quedó resumido en 15 minutos, los más intensos de mi vida. Ver los inmensos ojos que se quedaron hipnotizados ante un mundo nuevo y frío, enamorarme por primera vez en mi vida -y de verdad- de aquella pequeña criatura acostada boca abajo que de pronto hizo contacto con mis ojos, fue como haber visto a Dios; en ese momento recién me di cuenta que ya era papá.
Tenerla en mis brazos por primera vez, tan pequeña y frágil, solo me hacía prometerme a mí mismo que nunca dejaría que le pase nada; tomar su mano y sentir cómo presionaba mi meñique haciéndome tan suyo; son escenas que no se borrarán nunca, imágenes que me recuerdan que hace 9 años encontré la razón de mi existencia en este cochino planeta.
Cada día con ella era una experiencia nueva: cambiar pañales, calentar biberones, levantarme en la madrugada solo para que bote el chanchito luego de exprimir a su madre, quien con la espalda destrozada me despertaba con dulces y punzantes codazos acompañados de un: “te toca”.
Cada día con Maria Fe me hacía sentir tan niño como ella: jugar, tirarme al piso, saltar, bailar y hacer cualquier otra ridícula locura de padre enamorado para tenerla siempre feliz. Hoy, me doy cuenta que no hay nada que pueda llenarme más que verla así. Ver esa sonrisa iluminar mi vida, escuchar la carcajada sincera, traviesa, que me desarma y me vuelve un niño cómplice. Ahora, ya no solo es feliz con payasadas; ahora habla, exige, reclama, argumenta, cuestiona; y eso me obliga a tener que sacar trucos bajo la manga que no creía capaz de hacer: Inventar energías invisibles que pueden curar sus heridas y aliviar sus dolores; sacar monedas de su oreja (iguanas también) de la manera más simple y que hasta hoy la sorprenden; y mirar juntos el cielo nocturno cada vez que pasa una luz intermitente diciéndole que es Papá Noel paseando para ver si todos los niños se están portando bien para recibir sus regalos.
Nueve años después, y con otros tantos tragos amargos más, aquellos ojos inmensos que no decían nada, hoy dicen mucho. Aquellos ojos inmensos que le dan sentido a mi vida, siguen teniendo la misma pureza, la misma inocencia.
Nueve años después, no sólo celebro el cumpleaños de mi hija, sino también celebro un año más siendo padre, un año más aprendiendo más de ella que ella de mí, un año más junto a ella y no existe nada que me haga más feliz.

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