AJENA REALIDAD
- Retírate de mi
clase - grita él
- Pero... -
- No me interesa,
retírate -
- Pero si... -
- ¡Que te largues! No
quiero que sigas confundiendo a tus compañeros – cierra la discusión
Mauricio cierra los
puños, presiona los dientes, siente que se está poniendo rojo, golpea suavemente
la carpeta, se levanta y se va. “Viejo
hijo de puta” – piensa
-, “tú eres quien los está confundiendo
con tus historias sin sentido”.
Sale del patio, la
cancha de fulbito está mojada, estuvo lloviendo. Se sienta en
una de las bancas. Empieza a recordar cómo llegó a ese colegio. “Ella tiene la culpa de que esté aquí; en el
otro colegio estuve mejor, maldita situación económica, gracias a ti estoy en
este colegio de mierda con estos serranos asquerosos y el imbécil del profesor
de religión que con las justas habla bien el español. Allá era otra cosa, los
profes se preocupaban por que entendiéramos; aquí, a veces ni vienen...”
De pronto, siente un
golpe en el hombro que lo hace saltar. Era él, Peter Pichilingue, el cabecilla,
el respetado por los pandilleros del cole. Se hizo de un nombre cuando en una
bronca con un colegio de por ahí le metieron un “puntazo” cerca al corazón, y a
los tres días regresó al cole como si nada hubiera pasado. Desde que vio a
Mauricio el primer día de clases, sin motivo alguno, decidió hacerle la vida
imposible. “Pituquito misio. Quieres
hacerte el bacán acá, vamos a ver qué tan bacán eres”.
Mauricio era un
muchacho como cualquiera, pero era diferente en ese ambiente, tal vez por su
piel un poco más clara que la de los demás, pero nada fuera de lo común. Eso
sí, tenía su pinta. Las chicas del cole morían por él. “Cholitas aguantadas”, pensaba.
El primer día de
clases, allá por el ’91, Mauricio sintió las miradas de todos ese día. No
entendía por qué, quizá era la mirada que ponía frente a todos: de desprecio,
rabia, cólera, de sentirse más que ellos. Fue ahí donde cruzó miradas con Peter
- eso puede explicar la bronca contra Mauricio, pues fue el único que no le
bajó la mirada y lo miró como a todos -. “Serrano
de mierda”.
- Así que te botaron -
le dice Peter con sarcasmo.
Mauricio lo mira
directamente a los ojos, se levanta y se dirige al baño sin contestarle.
- Oye huevón, te
estoy hablando - insiste Peter.
- Primero lávate la
boca antes de dirigirme la palabra - al fin contesta.
- ¿Sabes con quién
estás hablando, huevonazo?
- Con un imbécil que
al parecer también botaron - devuelve el sarcasmo. Se va.
Suena el timbre,
llega el recreo, todos salen a jugar pelota. Mauricio nunca entendió cómo
podían jugar tantos en aquel patio: jugaban como seis equipos al mismo tiempo,
podía ver tres pelotas yendo de un lado a otro. Pobres arqueros – pensaba -,
cómo saben cuántos goles les hacen, cómo hacían para poder tapar. Qué escasos
estos serranos.
El recreo le sirve a
Mauricio para seguir pensando en los motivos que lo hicieron llegar ahí,
detestaba ese colegio. Sentado en la misma banca, mirando el piso, piensa.
Una bolsa de papitas
sin marca frente a su rostro lo interrumpe.
- ¿Quieres? -
pregunta una voz
- No gracias cholo -
contesta levantando la mirada.
Era Richie Ray, su
único amigo. Se conocieron un día camino al colegio. Vivían relativamente
cerca. Mauricio se había mudado al barrio de él. Se hicieron muy buenos amigos,
confidentes y cómplices. Richie Ray se había convertido en parte de la familia, eran como hermanos.
- ¿Qué pasa? -
pregunta preocupado
- Me llega este
colegio
- Ya te he dicho que
tienes que acoplarte, no te queda otra
- No puedo, es como
si todos estuvieran en mi contra
- Es que eres un
gilazo, cómo se te ocurre contradecir al profe...
Mientras en una
esquina, alguien los mira fijamente. “Pituquito
misio, conmigo no te vas a hacer el bacán, en una te tengo que bajar. Mancha,
quiero hacerle la cagada al Mauricio, al pituco misio, que le dicen”. Todos
los perros de Peter - así los llamaba Mauricio - asintieron simultáneamente. Se
acercaron, lo midieron como mide una bestia a su presa y...
Suena el timbre, fin
del recreo. “Te salvaste pituquito, pero
a la salida no te escapas”.
Dos horas más de
clases, aburridas para variar. Mauricio no ve la hora para largarse de ese
salón mugriento que apesta a axila. Ya está saboreando el almuerzo que su
Mamama le prepara todos los días. “Pobrecito
mi nieto, viene con hambre”, piensa la anciana mujer mientras le saca los
nervios y el pellejo a la carne: “a mi
Mauricio no le gustan”.
Último timbre. – “Por fin a mi casa” - piensa Mauricio -. “Vámonos Richie Ray, mi abuelita seguro ha
hecho algo rico para comer”. – “Fuímonos” - le contesta.
Afuera, en la puerta,
lo están esperando. Mientras salía, todos lo miraban, pero no eran las miradas
de siempre, él las sentía. “Qué pasa con
estos serranos, parece que hubieran visto a un muerto”. Otros, mofándose,
le daban un golpe en el hombro como alentándolo. “Suelta... serrano igualado”. Salen, casi todo el cole lo esperaba.
- Ahora pe’ hazte el
bacán- lo reta Peter
Mauricio sigue
caminando.
- Ah... no, ahora no
me la haces- jalándole el brazo, lo detiene. Tienes miedo de mecharte conmigo.
- No tengo motivos
para hacerlo - le contesta indiferente.
Una voz extemporánea
interrumpe el diálogo: - “¿Qué pasa acá
carajo?” - era el viejo hijo de puta del profesor de religión. “Si quieren pelearse vayan más allá, pero no
frente al colegio, no malogren la imagen de su alma mater. Ah... y sáquense las
insignias, no quiero enterarme después que vieron a alguno de ustedes matándose
por ahí”. Los mira con asco, y se va.
- Bueno pituco cabro,
arrugas - vuelve a retarlo
- No jodas
- Vámonos cuñao, este
huevón te va a reventar- le aconseja Richie Ray
- Ese huevón a mí no
me va a venir a dejar en ridículo frente a todos estos serranos - le responde
molesto. No le gustó que su amigo pensara que podía tenerle miedo, mucho menos
que pensara que ese serrano pudiera pegarle. Le dio en el orgullo.
- ¡Vamos entonces! -
le dice, aceptando el reto.
Se escuchan muchos comentarios.
“Ya se jodió el pituco”, dice uno... “Lo van a reventar...”, dice otro. “Bien hecho, por creído...”. “¿Verdad que le
quitó la jerma al Peter?...”. “Dicen que su amigo y él son cabros...”. “¿Quién
quiere hacer apuestas?...”. “¡Yo le voy al pituco!”, se escucha por ahí.
Burla general.
Al fin llegan al
lugar. Una calle casi desierta. Todos forman un círculo inmenso, preparados para ver acción. Mauricio, se saca la cadenita de oro con la cruz que le regaló
su mamá, el reloj, el anillo... No, mejor el anillo no. Se lo acomoda, la parte
más gruesa hacia delante. Se abre la camisa, empiezan.
- ¡Acércate maricón,
te voy a sacar la concha de tu madre! – inicia el duelo verbal el más canchero.
- ¡Ven tú, para
sacarte la reconcha de tu madre, serrano maricón! – con un grito ahogado que
trata de disimular el terror del momento, Mauricio contesta.
Golpea primero
Mauricio, le da en el rostro, le duele la mano. Nunca lo mencionó pero era la
primera vez que se peleaba. Le temblaban las piernas, se sentía más pesado,
presentía que iba a perder. Su orgullo podía más. El serrano lo coge del cuello
de la camisa, Mauricio no siente los golpes. Siente que no le están haciendo
nada, el serrano ni lo toca. Mauricio es diestro, pero le está pegando con la izquierda,
no entiende por qué. Se siente muy bien, descarga toda su furia en el rostro de
Peter, ve reflejado en su rostro todas las cosas que le molestan de ese
colegio, de esa gente, de su realidad, se ensaña con él. Mauricio, mientras lo
golpea no se da cuenta que a cada golpe, va retrocediendo, sus piernas le
fallan, tropieza con él mismo y cae. De pronto una voz ordena: “¡Vamos
a sacarle la mierda a ese hijo de puta...!”. Siente piernas en todo el cuerpo,
instintivamente se encoge, acepta lo que venga. De pronto, aparece en su mente, la imagen de
su abuelita esperándolo contenta en la cocina, lista para servirle el almuerzo. “¿La volveré a ver?”.
De entre todas las
piernas, alguien lo jala, vuelve a respirar. “¡Te van a matar huevón, vámonos!”, un preocupado Richie Ray. “¡Por qué te vas maricón, regresa!” – se
escucha entre la multitud. “Suéltame” – un atontado Mauricio con la
nariz y boca sangrando – “no me voy”.
Arremete contra Peter, lo coge dispuesto a meterle un cabezazo cuando de
repente algo helado le atraviesa el pecho, siente frío... no siente nada. Se
toca el pecho, un líquido tibio mancha sus manos. Mira a su alrededor y todo se
empieza a nublar, el rostro de Peter pierde forma, siente cómo cada uno de sus
sentidos se empiezan a desvanecer y todo se convirte en sonidos lejanos. En ese
instante, ve una luz enceguecedora, siente un aire áspero que le irrita la
garganta, y escucha una dulce voz...: “Mauricio,
hijo. Despierta. Es hora de ir a estudiar”. Trata de encontrar la voz, la
busca, no la encuentra. Las piernas le vencen y cae. Cae pensando que su abuelita ya
debe estar en la puerta preocupada porque no llega, cae pensando que sus sueños
de gran doctor se van alejando, cae pensando que aún no era el momento y que la
realidad que no quiso ver y que consideró ajena hoy, pintada de sangre, le da
la bienvenida y le dice adiós.
Man, fué parte del proceso...aunq casi todos querían asesinarte....Pero le diste la contra a ese absurdo destino, aguantaste tus 5 años y terminaste...
ResponderEliminarSin pensar q tu lucha, la más grande de todas...aún estaba por venir...Pero como dices, esa ya es otra historia.
Debe ser difícil cambiar de realidad, pero el tal Mauricio no era "un pituquito"? Por un momento sentí que estaba en medio de La Ciudad y Los Perros.
ResponderEliminarEn realidad es una experiencia personal, hecha cuento
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