ELLA Y ÉL

Cuando se vieron, ninguno de los dos salía de su asombro. Parados frente a frente, solo el reflejo aprendido del saludo hizo que se abrazaran. El abrazo eterno que no sabían cómo terminar. Enlazados fuertemente, ninguno se quería desprender. Solo la inconsciente reacción al querer respirar hizo que se miraran a los ojos y por milisegundos, ambos dudaron en decidir dónde dar el primer beso. Aquel beso postergado durante años y que hoy, luego de 20, lograba consumarse.

Era una mañana juvenil, de esas en las que solo quieres seguir metido en la cama antes que levantarte y verles las caras a los mismos profesores, a los mismos vagos, a los mismos compañeros de clase impuestos por necesidad. Sin embargo a él solo le queda seguir con la misma rutina: Se mira al espejo, no soporta verse con esa cara, cepillo y pasta dental, al menos algo ya está limpio. Un duchazo de agua caliente para el húmedo frío limeño, y recién despierta en verdad. Se vuelve a mirar al espejo y las primeras sombras bajo la naríz y sobre sus labios lo hacen sentirse mayor. Recuerda las clases de su abuelo frente al espejo y empieza a cortarse la piel, pero él lo llama afeitarse. La camisa bien planchada de manos de esa anciana y sabia mujer que era su abuela. El uniforme único escolar estaba listo, y él también.


Mochila al hombro y una ligera sonrisa asoma en ese rostro aburrido y harto. Finalmente había encontrado la motivación para pisar ese antro al que llamaban colegio. Finalmente, le había encontrado sentido a su inmadura vida. Pero primero, le tocaba soportar la formación de los lunes, cantar el deprimente Himno Nacional, escuchar el discurso de la directora que desde un balcón improvisado tenía a todos en vilo preocupados porque aquellos dientes postizos no caigan en el busto de bronce de nuestro destacado General que yacía bajo aquel balcón.


Empiezan las clases y él ya quiere que llegue el recreo. Mira en su reloj Q&Q, y las agujas avanzan muy despacio. Cada minuto más de clase, era un minuto menos para llegar al recreo. Las hormigas en el estómago aumentaban. El silencio es invadido por la chacota incipiente, preludio de aquel momento que todos esperaban para molestar al más lorna, ir a pedir una pelota en O.B.E, mirar los calzones de las chicas o simplemente largarse al kiosco a tragar. Llegaba el recreo y mientras todos gritan y salen despavoridos, saltan, golpean y estrujan; él, solo se queda en la puerta del salón esperando verla pasar: La niña más hermosa que sus ojos hayan visto. La chica que le había demostrado que tenía corazón y que tenía sentimientos. El ser dulcemente diferente dentro de aquel lugar que no soportaba.


La bulla del recreo se desvanecía mientras él la observaba caminar. Tan solo se miraban, una sonrisa tímida en ella era la invitación para que él se acercara. Ni un beso, ni un abrazo, ningún tipo de contacto. El amor más sublime e idealista que jamás haya existido. Esos 20 minutos de recreo solo servían para que él la contemplara, para que ella lo contemplara. Los amigos de él, burlándose y metiendo vicio. Las amigas de ella, con risas cómplices sienten suya su felicidad.


Todos los días de aquel año escolar fueron iguales. Él iba al colegio solo por esos 20 minutos que le duraban el resto del día. Llegaron las vacaciones, no existían celulares, no existía internet, solo el teléfono fijo que era un lujo y por el que tenías que pedir permiso para usar. Fue así que él perdió sus 20 minutos durante 3 meses. El verano, los amigos y los juegos reemplazaron los momentos. Sin embargo, esperaba con ansias abril para volver a tenerlos.


Un nuevo año empieza, repite toda la rutina. La sombra sobre sus labios se nota más, su voz empieza dejar de ser tan gay (eso no ha cambiado mucho hasta ahora en honor a la verdad) y va en busca de sus 20 minutos arrebatados y que se convirtieron en una necesidad. Suena el timbre del recreo, vuelve a estar parado en el umbral de la puerta del salón esperando verla pasar, pero no aparece ella. Las amigas lo observan, las risas cómplices cambiaron por miradas contrariadas que él no logra entender.


Una de ellas se acerca: - ¿No sabías? Sus papás la cambiaron de colegio – la muy infeliz sin asco y a quemarropa destroza el enjuto cuerpo petrificado en el umbral.


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Meses después...


- Quiero saber si es verdad lo que me han dicho. ¿Estás con ella? – inquiere la voz grave y decepcionada al otro lado del teléfono que aparece luego de meses de ausencia.

- Tú qué crees – indignado, aún dolido y enamorado, solo logra contestar tremenda estupidez.

- OK, solo eso quería saber – corta aquella voz sin saber que sería la última vez que la escucharía, o al menos eso pensó.


Él nunca supo por qué ella se fue, nunca supo dónde; simplemente desapareció de su vida sin darle la oportunidad de preguntar. Los meses pasaron y como todo adolescente en pleno festín hormonal decidió estar con una chica que terminó haciendo de su etapa escolar, un infierno. Pero esa, es historia de otro cuento.


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Años después...

El reflejo de la media luna desapareciendo en la noche se posó en esa mirada de hace años, en esa mirada que sigue siendo la misma y que causa el mismo efecto. Cuando él la vio, descubrió que era real y que aún existía.

Después de 20 años, nadie sigue siendo igual. Las experiencias vividas que hacen madurar, hacen sufrir, hacen aprender, a veces nos hacen olvidar. Sin embargo, él nunca olvidó. Simplemente lo dejó dormido con la pobre esperanza de algún día volverla a ver. Cuando eso pasó, todo seguía ahí: las hormigas en el estómago, el mutismo, la admiración. Descubrió que en algún momento de su vida amó, se ilusionó y sufrió.


Ella, a pesar de los años, seguía con el mismo rostro iluminado, los mismos ojos llenos de paz pero ahora acompañados de la entereza adquirida con el tiempo. Estaba frente a él, y sus pequeñas manos no dejaban de sudar. Luego del abrazo eterno deciden conversar y repasar juntos los 20 años ausentes. Travesuras, amores nuevos, corazones rotos, reparados, vueltos a romper; logros profesionales, viajes, matrimonios, divorcios, hijos y la esperanza de volver a empezar.


La noche se hace larga y descubren que todo simplemente estuvo ahí, no desapareció, se quedó dormido pero sin saber aún si debe despertar. La madurez de los años juega en su contra y los hace aterrizar. Los caminos se dividieron en algún momento, y muchas veces estos ya no se vuelven a cruzar.






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