EL SECRETO
- Agradezco tu sinceridad... Imagino que debe ser difícil para ti contarme esto... Pero solo puedo decirte que puedes contar conmigo, si quieres, como una amiga - esas fueron las tres frases que para Alex no se han podido borrar. Una más lapidaria que la otra. Una más punzante que la otra. Él yace en el suelo de la miseria recibiendo cada una de esas palabras sin saber siquiera qué responder.
Todos llevamos un secreto. Todos tenemos nuestros demonios internos que no siempre muestran el mejor lado de nosotros, pero lamentablemente son una parte ineludible, una parte inobjetable, que nos define, nos hace ser nosotros.
Alex pensó que había encontrado lo que tanto buscó y que estuvo siempre ahí. Su cobardía disfrazada de mesura nunca lo atrevió a dar el primer paso. Fue ella, con su inteligente sentido del humor y su desenfado, quien le dio el valor. Fue ella, con su curioso sarcasmo quien le hizo ver que el interés era mutuo.
Un mensaje aparece en el celular de Alex en una de esas noches en las que siempre está acompañado de su soledad. Le sorprende el remitente y no sabe qué responder tan igual como al final. Aquel mensaje sería el primer paso de lo que él pensó, sería un nuevo inicio, un nuevo amanecer. En cada conversación, en cada pregunta, en cada respuesta, aparecían nuevas ideas, nuevas ilusiones, nuevas motivaciones y la esperanza de que al fin había encontrado lo que hasta ahora le era ajeno: la felicidad.
En esa vida que le tocó (o que escogió) nunca hubo un verdadero momento de felicidad, hasta que ella apareció. Los minutos compartidos, cómplices de los encuentros furtivos cargados de tanta emoción, lo hacían caer en la cuenta de que sí existen almas gemelas, de que sí existe esa "conexión" de la que tanto le hablaban y de la que siempre se burló.
Mientras pasaban los días, él iba descubriendo que las segundas oportunidades existen. Cansado de hacer las cosas mal, de pensar siempre en él, decide entregarse por completo, con recelo al principio, intentando controlar lo incontrolable. Él sabía que ambos luchaban en situaciones parecidas y fue eso lo que creó esa conexión. Él sabía que existía un riesgo, y lo asumió. Pero no sabía qué tan difícil podría ser controlar ese infierno interior. La confianza que fue ganando con el tiempo lo fue armando de valor para asumir ese riesgo.
Mientras pasaban los días, ella iba descubriendo a una persona totalmente distinta a la que imaginó. Cada momento con él la hacía sentirse amada, deseada, única. Ella también intentó controlar lo incontrolable, pero cedió. Cada mirada de Alex desnudaba su alma, la intimidaba, odiaba esa sensación. Acostumbrada a tener control sobre las cosas, encontró a aquel hombre que le resultaba misterioso y evidente a la vez.
Pero como todo, nada es perfecto. Esos intensos días borraron de la mente de Alex aquel secreto, aquel obstáculo que impediría su felicidad. Una idea rondaba: decirle o no decirle. Aquel secreto que guarda celosamente lo desnudaría por completo y podría dar un giro inesperado a eso que había conseguido con mucha ilusión. Casi todo estaba dicho entre ellos pues la sinceridad siempre fue el mejor aliado de los dos. Sin embargo, había algo pendiente, que podía postergar; pero que, en su afán idealista de querer hacer las cosas bien, estaba convencido de hacer.
Luego de días azules, espectaculares y esperanzadores, cree que es el momento. Las coordinaciones previas para el clandestino encuentro son la antesala a lo inevitable. Aún guarda la esperanza de que el resultado pueda ser alentador. Lo desea profundamente.
Ella finalmente solo escucha y, con cada palabra de Alex, aquellas pupilas dilatadas vuelven a ser las de la incrédula chica que no se sorprende con nada y que puede decir tranquilamente que ya vivió todo. Alex siente que la va perdiendo. Desea callarse, pensando absurdamente que todo será igual, que ella lo comprenderá pero... La pierde.
Un beso en la mejilla, frío como el del primer encuentro, cierra aquel capítulo en el que quiso reescribir su historia y que hoy, sin esperanzas, solo le queda cerrar.
Terminan la conversación y se siente tan solo como al principio. Busca entre los bolsillos del saco aquel pucho consolador, no lo encuentra. Solo tiene las frías calles a su alrededor y la bulla del tráfico en hora punta que lo invitan a caminar y dejar su auto tan solo como él. Solo un pensamiento ronda su cabeza en el largo trayecto a casa: "No puedes pretender hacer algo bien si no empiezas bien".
Todos llevamos un secreto. Todos tenemos nuestros demonios internos que no siempre muestran el mejor lado de nosotros, pero lamentablemente son una parte ineludible, una parte inobjetable, que nos define, nos hace ser nosotros.
Alex pensó que había encontrado lo que tanto buscó y que estuvo siempre ahí. Su cobardía disfrazada de mesura nunca lo atrevió a dar el primer paso. Fue ella, con su inteligente sentido del humor y su desenfado, quien le dio el valor. Fue ella, con su curioso sarcasmo quien le hizo ver que el interés era mutuo.
Un mensaje aparece en el celular de Alex en una de esas noches en las que siempre está acompañado de su soledad. Le sorprende el remitente y no sabe qué responder tan igual como al final. Aquel mensaje sería el primer paso de lo que él pensó, sería un nuevo inicio, un nuevo amanecer. En cada conversación, en cada pregunta, en cada respuesta, aparecían nuevas ideas, nuevas ilusiones, nuevas motivaciones y la esperanza de que al fin había encontrado lo que hasta ahora le era ajeno: la felicidad.
En esa vida que le tocó (o que escogió) nunca hubo un verdadero momento de felicidad, hasta que ella apareció. Los minutos compartidos, cómplices de los encuentros furtivos cargados de tanta emoción, lo hacían caer en la cuenta de que sí existen almas gemelas, de que sí existe esa "conexión" de la que tanto le hablaban y de la que siempre se burló.
Mientras pasaban los días, él iba descubriendo que las segundas oportunidades existen. Cansado de hacer las cosas mal, de pensar siempre en él, decide entregarse por completo, con recelo al principio, intentando controlar lo incontrolable. Él sabía que ambos luchaban en situaciones parecidas y fue eso lo que creó esa conexión. Él sabía que existía un riesgo, y lo asumió. Pero no sabía qué tan difícil podría ser controlar ese infierno interior. La confianza que fue ganando con el tiempo lo fue armando de valor para asumir ese riesgo.
Mientras pasaban los días, ella iba descubriendo a una persona totalmente distinta a la que imaginó. Cada momento con él la hacía sentirse amada, deseada, única. Ella también intentó controlar lo incontrolable, pero cedió. Cada mirada de Alex desnudaba su alma, la intimidaba, odiaba esa sensación. Acostumbrada a tener control sobre las cosas, encontró a aquel hombre que le resultaba misterioso y evidente a la vez.
Pero como todo, nada es perfecto. Esos intensos días borraron de la mente de Alex aquel secreto, aquel obstáculo que impediría su felicidad. Una idea rondaba: decirle o no decirle. Aquel secreto que guarda celosamente lo desnudaría por completo y podría dar un giro inesperado a eso que había conseguido con mucha ilusión. Casi todo estaba dicho entre ellos pues la sinceridad siempre fue el mejor aliado de los dos. Sin embargo, había algo pendiente, que podía postergar; pero que, en su afán idealista de querer hacer las cosas bien, estaba convencido de hacer.
Luego de días azules, espectaculares y esperanzadores, cree que es el momento. Las coordinaciones previas para el clandestino encuentro son la antesala a lo inevitable. Aún guarda la esperanza de que el resultado pueda ser alentador. Lo desea profundamente.
Ella finalmente solo escucha y, con cada palabra de Alex, aquellas pupilas dilatadas vuelven a ser las de la incrédula chica que no se sorprende con nada y que puede decir tranquilamente que ya vivió todo. Alex siente que la va perdiendo. Desea callarse, pensando absurdamente que todo será igual, que ella lo comprenderá pero... La pierde.
Un beso en la mejilla, frío como el del primer encuentro, cierra aquel capítulo en el que quiso reescribir su historia y que hoy, sin esperanzas, solo le queda cerrar.
Terminan la conversación y se siente tan solo como al principio. Busca entre los bolsillos del saco aquel pucho consolador, no lo encuentra. Solo tiene las frías calles a su alrededor y la bulla del tráfico en hora punta que lo invitan a caminar y dejar su auto tan solo como él. Solo un pensamiento ronda su cabeza en el largo trayecto a casa: "No puedes pretender hacer algo bien si no empiezas bien".
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